Pestañas

Ludovica de Saboya Beata

 


Nacimiento: 28 de julio de 1462, en Bourg-en-Bresse
Muerte: 24 de julio de 1503, Orbe, Suiza.
Orden: Clarisas
Fiesta: 24 de julio
Beatificación: por Gregorio XVI en 1839
 
Hija del duque de Saboya, el beato Amadeo IX, y de Yolanda de Francia (hermana del rey Luis XI), Ludovica nació en Bourg-en-Bresse el 28 de julio de 1462, en una familia «itinerante» —la capital del ducado era Chambéry, aunque la corte se trasladaba con frecuencia para ejercer un mayor control sobre sus territorios— y profundamente religiosa. La Casa de Saboya poseía ya el Santo Sudario, que acompañaba siempre a sus propietarios en sus desplazamientos. El duque y su esposa eran muy generosos con los pobres y los afligidos, por lo que Ludovica se acostumbró desde pequeña a ayudar a los necesitados.

Amadeo murió con solo treinta y ocho años, y con él terminó el período de paz que había garantizado a sus dominios. Debido a una situación política muy compleja, en 1476 Yolanda fue hecha prisionera junto con sus hijos. Durante el cautiverio, Ludovica recibía con frecuencia las visitas de Hugo de Chalon, a quien ya conocía de la corte y que nunca había ocultado el interés que sentía por ella.

Aunque comenzaba a despertar en su corazón el deseo de la vida de clausura, un franciscano que había conocido durante su cautiverio, el padre Juan Perrin, la convenció de que también el matrimonio podía ser un camino de santidad. Una vez recuperada la libertad gracias a la intervención de su tío, el rey de Francia, y tras la muerte de su madre (1478), Ludovica se trasladó a la corte de Luis XI, quien aprobó el enlace por razones políticas y económicas.

La boda se celebró en Dijon el 24 de agosto de 1479 y el matrimonio fue feliz. La oración y la fe ocupaban el centro de su vida conyugal, al igual que la atención a los más necesitados y el servicio al pueblo. La propia Ludovica confeccionaba ropa para los pobres y ornamentos para las iglesias; además, cuidaba con cariño y dedicación a los enfermos y a los leprosos.

Desgraciadamente, en 1490 murió Hugo y Ludovica quedó sola. Habría podido vivir como una viuda rica o contraer un segundo matrimonio ventajoso; sin embargo, el antiguo deseo de consagrarse al Señor, que nunca se había extinguido, la llevó a seguir el consejo del padre Perrin e ingresar en el monasterio de las clarisas de Santa Clara de Orbe, que había adoptado la reforma franciscana de santa Coleta.

Entró en el monasterio en 1492, después de desprenderse de todos sus bienes. Allí vivió con gran espíritu de oración y penitencia en un ambiente austero y pobre. Escribió algunas meditaciones y un breve tratado sobre la importancia de la fidelidad a la Regla en la vida monástica, manuscritos que, lamentablemente, se han perdido.

Tras padecer numerosas enfermedades y sufrimientos, murió el 24 de julio de 1503. Su fama de santidad se difundió de inmediato. Las primeras noticias biográficas fueron escritas por Catalina de Saulx, su fiel compañera durante veinte años, tanto antes como después de su entrada en el monasterio.

Ludovica fue sepultada en el cementerio del convento. Más tarde, cuando las monjas fueron expulsadas de Orbe en 1531, sus restos fueron colocados en un ataúd de roble y trasladados al convento franciscano de Nozeroy.

Durante la Revolución francesa, el monasterio fue destruido. Aunque las tumbas no fueron profanadas, se perdió todo rastro de ellas. En 1838, el rey Carlos Alberto de Saboya obtuvo del gobierno francés y del obispo de Saint-Claude la autorización para realizar excavaciones en busca del ataúd, que fue hallado en buen estado de conservación. Los restos de Ludovica fueron entregados a monseñor Vogliotti, capellán real, para que fueran trasladados a Turín y depositados, con los honores debidos, en la capilla del Palacio Real, junto al altar dedicado a su padre, el beato Amadeo IX.

En 1839, Carlos Alberto obtuvo del papa Gregorio XVI la confirmación del culto de la beata, cuya memoria litúrgica quedó fijada el 24 de julio.

Fuente: www.ofm.org